miércoles, 17 de agosto de 2016

Fragmento A Orillas..



En el amor no existen reglas. Podemos intentar guiarnos por un manual, controlar el corazón, tener una estrategia de comportamiento…. pero todo eso es una tontería. Quién decide es el corazón, y lo que él decide es lo que vale.
Todos hemos experimentado eso en la vida. Todos, en algún momento, hemos dicho entre lágrimas “estoy sufriendo por un amor que no vale la pena”. Sufrimos porque descubrimos que damos más de lo que recibimos. Sufrimos porque nuestro amor no es reconocido. Sufrimos porque no conseguimos imponer nuestras reglas.
Sufrimos impensadamente, porque en el amor está la semilla de nuestro crecimiento. Cuánto más amamos, más estamos cerca de la experiencia espiritual. Los verdaderos iluminados, con las almas encendidas por el amor, vencían todos los prejuicios de la época. Cantaban, reían, rezaban en voz alta, compartían lo que San Pablo llamó “La Santa Locura”. Eran alegres, porque quien ama ha vencido el mundo y no teme perder nada. El verdadero amor supone un acto de entrega total.
Es necesario correr riesgos, -decía. Sólo entendemos el milagro de la vida cuando dejamos que suceda lo inesperado.
Todos los días Dios no da, junto con el sol, un momento en el que es posible cambiar todo lo que nos hace infelices. Todos los días tratamos de fingir que no percibimos ese momento, que ese momento no existe, que hoy es igual que ayer y será igual que mañana. Pero quien presta atención a “su” día, descubre el instante mágico. Puede estar en la hora en que metemos la llave en la puerta por la mañana; en el instante de silencio después del almuerzo, en las mil y una cosas que nos parecen iguales. Ese momento existe: un momento en el que toda la fuerza de las estrellas pasa a través de nosotros y nos permite hacer milagros.
La felicidad es a veces una bendición, pero por lo general es una conquista. El instante mágico del día nos ayuda a cambiar, nos hace ir en busca de nuestros sueños. Vamos a sufrir, vamos a tener momentos difíciles, vamos a afrontar muchas desilusiones…, pero todo es pasajero, y no deja marcas. Y en el futuro podemos mirar hacia atrás con orgullo y Fe.
Pobre del que tiene miedo de correr riesgos. Porque ese quizás no se decepcione nunca, ni tenga desilusiones, ni sufra como los que persiguen un sueño. Pero al mirar atrás (porque siempre miramos para atrás) oirá que el corazón le dice: “¿qué hiciste con los milagros que Dios sembró en tus días? ¿Qué hiciste con los talentos que tu maestro te confió? Los enterraste en el fondo de una cueva, porque tenías miedo de perderlos. Entonces, esta es tu herencia “la certeza de que has desperdiciado tu vida”
Pobre de quien escucha estas palabras. Porque entonces creerá en milagros, pero los instantes mágicos de su vida ya habrán pasado.
A veces nos invade una sensación de tristeza que no logramos controlar. Percibimos que el instante mágico de aquel día paso, y nada hicimos. Entonces la vida esconde su magia y arte.
Tenemos que escuchar al niño que fuimos un día, y que todavía existe dentro de nosotros. Ese niño entiende de momentos mágicos. Podemos reprimir su llanto, pero no podemos acallar su voz. Ese niño que fuimos un día continua presente. Bienaventurados los pequeños, porque de ellos es el reino de los cielos.
Si no nacemos de nuevo, si no volvemos a mirar la vida con la inocencia y el entusiasmo de la infancia, no tiene sentido seguir viviendo.
Existen muchas maneras de suicidarse. Los que tratan de matar el cuerpo ofenden la Ley de Dios. Los que tratan de matar el alma también ofenden la Ley de Dios; aunque su crimen sea menos visible a los ojos del hombre.
Prestemos atención a lo que dice el niño que tenemos guardado en el pecho. No nos avergoncemos por causa de él. No dejemos que sufra miedo, porque está solo y casi nunca se lo escucha. Permitamos que tome un poco las riendas de nuestra existencia. Ese niño sabe que un día es diferente de otro.
Hagamos que se vuelva a sentir amado. Hagamos que se sienta bien, aunque eso signifique obrar de una manera a la que no estamos acostumbrados, aunque parezca una estupidez a los de los demás. Recuerden que la sabiduría de los hombres es la locura ante Dios. Si escuchamos al niño que tenemos en el alma, nuestros ojos volverán a brillar. Si no perdemos contacto con ese niño, no perdemos contacto con la vida.


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