En el amor no existen reglas. Podemos intentar guiarnos por un
manual, controlar el corazón, tener una estrategia de comportamiento…. pero
todo eso es una tontería. Quién decide es el corazón, y lo que él decide es lo
que vale.
Todos hemos experimentado eso en la vida. Todos, en algún
momento, hemos dicho entre lágrimas “estoy sufriendo por un amor que no vale la
pena”. Sufrimos porque descubrimos que damos más de lo que recibimos. Sufrimos
porque nuestro amor no es reconocido. Sufrimos porque no conseguimos imponer
nuestras reglas.
Sufrimos impensadamente, porque en el amor está la semilla
de nuestro crecimiento. Cuánto más amamos, más estamos cerca de la experiencia espiritual.
Los verdaderos iluminados, con las almas encendidas por el amor, vencían todos
los prejuicios de la época. Cantaban, reían, rezaban en voz alta, compartían lo
que San Pablo llamó “La Santa Locura”. Eran alegres, porque quien ama ha
vencido el mundo y no teme perder nada. El verdadero amor supone un acto de
entrega total.
Es necesario correr riesgos, -decía. Sólo entendemos el milagro de
la vida cuando dejamos que suceda lo inesperado.
Todos los días Dios no da, junto con el sol, un momento en
el que es posible cambiar todo lo que nos hace infelices. Todos los días
tratamos de fingir que no percibimos ese momento, que ese momento no existe,
que hoy es igual que ayer y será igual que mañana. Pero quien presta atención a
“su” día, descubre el instante mágico. Puede estar en la hora en que metemos la
llave en la puerta por la mañana; en el instante de silencio después del
almuerzo, en las mil y una cosas que nos parecen iguales. Ese momento existe:
un momento en el que toda la fuerza de las estrellas pasa a través de nosotros
y nos permite hacer milagros.
La felicidad es a veces una bendición, pero por lo general
es una conquista. El instante mágico del día nos ayuda a cambiar, nos hace ir
en busca de nuestros sueños. Vamos a sufrir, vamos a tener momentos difíciles,
vamos a afrontar muchas desilusiones…, pero todo es pasajero, y no deja marcas.
Y en el futuro podemos mirar hacia atrás con orgullo y Fe.
Pobre del que tiene miedo de correr riesgos. Porque ese
quizás no se decepcione nunca, ni tenga desilusiones, ni sufra como los que
persiguen un sueño. Pero al mirar atrás (porque siempre miramos para atrás)
oirá que el corazón le dice: “¿qué hiciste con los milagros que Dios sembró en
tus días? ¿Qué hiciste con los talentos que tu maestro te confió? Los enterraste
en el fondo de una cueva, porque tenías miedo de perderlos. Entonces, esta es
tu herencia “la certeza de que has desperdiciado tu vida”
Pobre de quien escucha estas palabras. Porque entonces
creerá en milagros, pero los instantes mágicos de su vida ya habrán pasado.
A veces nos invade una sensación de tristeza que no logramos
controlar. Percibimos que el instante mágico de aquel día paso, y nada hicimos.
Entonces la vida esconde su magia y arte.
Tenemos que escuchar al niño que fuimos un día, y que
todavía existe dentro de nosotros. Ese niño entiende de momentos mágicos. Podemos
reprimir su llanto, pero no podemos acallar su voz. Ese niño que fuimos un día
continua presente. Bienaventurados los pequeños, porque de ellos es el reino de
los cielos.
Si no nacemos de nuevo, si no volvemos a mirar la vida con
la inocencia y el entusiasmo de la infancia, no tiene sentido seguir viviendo.
Existen muchas maneras de suicidarse. Los que tratan de
matar el cuerpo ofenden la Ley de Dios. Los que tratan de matar el alma también
ofenden la Ley de Dios; aunque su crimen sea menos visible a los ojos del
hombre.
Prestemos atención a lo que dice el niño que tenemos
guardado en el pecho. No nos avergoncemos por causa de él. No dejemos que sufra
miedo, porque está solo y casi nunca se lo escucha. Permitamos que tome un poco
las riendas de nuestra existencia. Ese niño sabe que un día es diferente de
otro.
Hagamos que se vuelva a sentir amado. Hagamos que se sienta
bien, aunque eso signifique obrar de una manera a la que no estamos
acostumbrados, aunque parezca una estupidez a los de los demás. Recuerden que
la sabiduría de los hombres es la locura ante Dios. Si escuchamos al niño que
tenemos en el alma, nuestros ojos volverán a brillar. Si no perdemos contacto
con ese niño, no perdemos contacto con la vida.
◄Ŧц дחġеŁ ĜΰąŕđїấΩ►
◄Ŧц
дмðř мё šαłνα, ỵ мё đëνцếłνε łǿš śŭěйợś►
No hay comentarios:
Publicar un comentario